Salimos del lugar y tomamos un taxi hasta mi casa.
Llegamos y le pregunté si quería tomar algo, un café o lo que sea. Me preguntó si no tenía nada más interesante para tomar. En la heladera tenía un New Age de hace mil años, lo abrí y le serví una copa. Nos recostamos en el sillón. La situación pedía a gritos Massive Attack como música de fondo.
La botella se vació rápidamente. Ya estábamos un poco mareado los dos. Y nos reíamos de cualquier cosa. Empezamos a recordar de los primeros días en que nos conocimos. Le confesé que a veces me quedaba horas esperando que ella pasara, camino a la facultad. Que no había sido casualidad que nos hayamos encontrado tantas veces en el mismo lugar. Me miró sorprendida y me preguntó por qué nunca había intentado nada con ella. Le expliqué mi teoría de las tazas de café, me dijo que estaba loco y nos quedamos en silencio.
Se paró, fue hasta la cocina y prendió un cigarrillo. Cuando volvió estaba riendo. Solo la miré y me dijo que el vino estaba haciendo efecto. Le pregunté por qué y me dijo que por nada, que mejor se quedaba callada. Empezó a reir de nuevo y me dijo que había hecho bien en no querer tomár ese café que le ofrecí al principio, dos segundos después estabamos besándonos en el sillón.
En un momento le pregunté si quería ir a la habitación. Se paró y me dijo que no, que todavía no estaba preparada para estar con otro hombre, que sólo se había dejado llevar por la situación. Pidió un taxi y se fue a la casa de una amiga. No me dejó acompañarla.
No volvimos a hablar desde esa noche.