Juan Pablo y yo nos conocimos de casualidad. Formalidades académicas, compartíamos el objeto de estudio. Quedamos en intercambiar palabras y luego libros antes de que él volviera al país donde reside. Lo vi por primera vez en un bar de Barrancas de Belgrano.
Yo hace unos días que había vuelto de vacaciones con mi novio del que estaba teóricamente enamorada. Pero esa noche, después de que Juan Pablo me llevara de vuelta a casa, me la pasé en vela pensando en cómo lograría dormirme sin él, qué haría con toda esa energía que había ido y venido entre él y yo. ¿Dónde la guardaría?
¿Por qué siempre quiero arruinarme la felicidad? Tenía un laburo que me gustaba, un novio del que me consideraba enamorada, mi depto. con el que tanto había soñado… ¿por qué siempre tengo que mandar todo a la mierda?
Intenté negarlo. Durante los últimos días de Juan Pablo en Buenos Aires, lo esquivé, me esquivé. Lo volví a ver y me pasó lo mismo. Le hablé de mi novio para evitar hacer alguna boludez. Cruzando la barrera de Juramento recuerdo que ese segundo día le pregunté si no podía retrazar su pasaje. Él, me imagino, pensó que era un chiste. Sin embargo, también me miraba con sus ojos. Él también sonreía con su sonrisa tamaño baño.
Cuando se fue me pregunté si era la monogamia, la vida o yo que éramos tan tristes y patéticas.
Pero está Internet. Siempre la fucking Internet. Y él ahí desde su país vecino comenzó a chatear conmigo unas dos o tres horas por noche. Casi todos los días. Hablando de cosas serias y boludeces. No veíamos el tiempo pasar.
Durante las semanas me pasaba las noches hablando con Juan Pablo y extrañándolo cómo si alguna vez lo hubiera besado en serio.
Pensaba que lo iba a olvidar, que se me iba a salir del cuerpo y que mi amor por mi novio volvería a brotar. Pero hablar más y más con él cada vez me hacía peor: Me recordaba la imposibilidad de mi deseo, la idea de alimentar algo sin sentido. La idea de engañar y engañarme. ¿Porque no puedo vivir y ser consecuente con mi caracú y mi corazón? Siempre me gustó pensarme como sincera y transparente y no así.
Así que en un arranque un día le dije a Juan Pablo que no podíamos hablar más. Que me pasaban cosas. Que hacía noches que no dormía. Me dejó entrever que a él también. Pero él no tenía novia, él tenía menos que perder. Le dije que se buscara una novia, que me olvidara, que no podíamos hablar más. Tal vez vi mucho “La Extraña Dama” de chica, pero aun hoy hablo como una heroína de telenovela. Al día siguiente, me envió una canción que todavía hoy escucho con nostalgia. Caetano canta en tono festivo: “Não se perca de mim, Não se esqueça de mim, Não desapareja… Não saia do meu lado… Venha, veja, deixa, Beija, seja, O que Deus quiser…” Estuve creo que un solo día sin hablarle como le había prometido.
Volvimos a hablar, histeriqueando dulcemente pero con todas las letras. Puta madre, esta historia me duele tanto que siento que al contarla la banalizo. Hablábamos noches y tardes durante horas corridas. Hoy pienso todo lo que aun me gustaría saber de él y nunca supe. Al mismo tiempo, creo que hubiera sido más útil ir a tomar un mate en silencio un día a Plaza Francia, al Parque Centenario o a Palermo en vez de tantas palabras vía Messenger. Lo que se dice siempre es un poco falso. El cuerpo -y no sólo por el sexo, digo-, el cuerpo, con los gestos, las miradas, los aromas, las metidas de pata, los ponerse colorados es siempre más sincero y más real. Y nunca tuvimos eso.
Un día me dejó de hablar tanto. Yo estaba “casi” acostumbrada a mi patética existencia de querer a uno y dormir con otro. Me confesó que me “había hecho caso” y se había encontrado una novia. Eso sí: en otra ciudad. Desde la racionalidad pensé que era lo mejor. Que si uno no alimenta un vínculo, este termina por morirse. Que ahora estábamos los dos en igualdad de condiciones y veríamos “quién era más macho” para seguir con esa ridiculez. Claro que no estábamos en las mismas condiciones, porque quién está en el metejón del principio no quiere lo mismo que el que tiene dudas en una relación más establecida. Eso es al menos lo que yo quiero creer.
Algunos días estaba a full y me hablaba como antes. Esos días, aclaro, en que estaba en su ciudad y no se había ido a ver a su novia. Cuando no había cuerpo cerca, me hablaba; si había una corporalidad no lejana yo desaparecía. Es lógico y sano, sobre todo la última parte. Nos convertimos en “llenadores de huecos” que nuestros respectivos novios dejaban. Eso creo yo y él niega. Otras semanas, él brillaba por su ausencia y yo lo extrañaba. A pesar del dolor, sentía que así era mejor.
Una noche me habla por chat. Era un día de semana corriente. Mi novio estaba de viaje. Yo estaba justo recién depilada y había entregado todas mis obligaciones laborales el día anterior. Esos días de kilómetro cero. Esos días donde te dice que se murió su abuela y acaba de llegar de emergencia a Buenos Aires. Sí: que estaba en Buenos Aires. Me llamó. Fue raro escuchar su voz. Conocía varias (¿muchas?) cosas suyas pero todo por chat. La voz nos acerca al cuerpo y la voz era un flash. Tiene voz suave, como de chico tímido que nunca se animaría a sacarte a bailar en el baile de la primaria. Yo también era tímida de chica. Ya no. Pero siempre preferí chicos con ese perfil más que el de los extrovertidos líderes de grupo. Mi novio era muy líder. Ahora pienso que no supe contener a Juan Pablo con el tema de la abuela. Que lo dejé sólo. Que su novia desde allá lejos lo hacía mejor que yo. Tal vez porque pudo abrazarlo. El cuerpo nuevamente. Yo me puse nerviosa por la situación y la sorpresa e intentaba hacer chistes “para alegrarlo”, cuando él insistía en que “a él no le salía llorar,… nunca”, o algo así. Quedamos en vernos el día después de “mañana”. Al día siguiente él iría al entierro y yo daba una charla. Nos encontramos en un ámbito académico neutral. Lo vi y me gustó tanto. Me puse nerviosa como una nena de 7 años y no sé qué toqué y desconfiguré mi celular. Estábamos lejos y nos veíamos. Él me envió un mensaje gracioso y yo me reía a la distancia pero no pude responder porque los nervios me habían llevado a poner mi teclado en “diccionario automático” y yo no sé escribir así. Finalmente nos acercamos, fuimos a tomar un café en frente. Hablamos del entierro, de su abuela, de que no lloraba, me contó él solito todas sus historias de sexo y amor desde su primera experiencia sexual hasta los dos defectos ridículos que le encontraba a su novia (su nariz y que el jefe de ella la deseaba). Después acercó sus manos a través de la mesa y me preguntó “¿y nosotros qué?” Yo alejé las mías con miedo. Tuve pánico. Qué estúpida. Al principio yo estaba con la actitud de “si los dos estamos con otra gente no da, no va a ser lindo así”. A lo que él puso su mejor cara de chanta para decir que lo de su novia “no era tan así”. Después yo pensé que si el destino había hecho que él cayera cuando mi novio estaba lejos (y cuando estaba depilada -no es que fuera tan importante tampoco-, con la casa limpia -ídem- y sin obligaciones en la cabeza), la vida lo había puesto así y así empecé a leerlo. Así que yo empecé a gestar por el sí. Después de casi tres horas de dilema en un café cerca de la Plaza de Mayo debatiendo si nos íbamos a acostar o no… sin nunca habernos besado… él terminó diciéndome en la estación de subte que si venía a casa no se quedaría a dormir, que tampoco se entregaría al 100%. Con todo lo que yo lo deseaba y lo quería, vi bien que se estaba echando atrás y la verdad es que todos sabemos que una primera vez a medias -y con infidelidad de por medio- puede ser patética. No, no pensé eso en realidad. Me salió del corazón una cosa más de “si no venís entero y convencido, no venís”. Tal vez en la cama podría haberlo hecho estar ahí por completo. Claro.
La cosa es que yo me tomé el subte para un lado y él para otro. Y volví sintiéndome un raro personaje que después de meses de desear y ser deseada por alguna explicable e inexplicable razón volvía a casa sin ser saciada, sin la calma del placer y del beso, de la mirada y la mano, del cuerpo y la respiración. Adentro mío llegué a pensar que todo era mejor. Le mandé una canción de Aristimuño. El título -”canción de amor”- seguro lo confundió. O eso creo. “Pido que las noches no se quiebren en tu luz, y que las ventanas sean grandes para el sol, cuando los almendros no se pasen de estación, buscaré más flores para darte mi canción de amor. Pido atardeceres en los cielos de Beltrán, y que tus mañanas siempre sean para hablar, cuando los jardines no se pasen de estación, buscaré más flores para darte mi canción de amor. Y si vos querés te voy a buscar para que los días no se vayan sin pensar. Y si vos querés te voy a buscar y dejamos los caminos libres de humedad. Pido tu mirada más alegre para mi y que toda el alma se disuelva en el amor, cuando los almendros no se pasen de estación buscaré más flores para darte mi canción de amor”.
La idea de que “los almendros no se pasen de estación” significaba (ahora pienso ¿no es tan obvio, no?) que cuando ninguno de los dos tuviera novio, yo “buscaría flores para darle mi canción de amor”. Que se yo. Con intermitencia volvimos a hablar cuando regresó a su país de residencia. Me dijo que le dio culpa leer los mails de la novia cuando llegó a la casa de sus viejos, esa noche del dilema de “me acuesto o no me acuesto”.
Cada vez hablábamos menos seguido. Un día le escribí: “Muchas veces me pasa y me sorprendo y me felicito y a la vez me da cierta tristeza ver cómo te olvido: como pienso en otras cosas, en otra gente. Como simplemente no pienso en vos más de 1 o 2 veces por semana. Como sos tan chiquitito en mi vida que casi ni te veo. Encima cuando te pienso, te pienso lejos, como un recuerdo viejo, de alguien que no tiene nombre ni corporalidad, o como cuando uno piensa en el chico que gustaba en 1er año y se convirtió después en tu mejor amigo al que le presentaste a tu mejor amiga para convertirte después en la madrina de boda. Otras veces te extraño y no sé si como persona, como amigo, como “ocupación de mi cabeza” o como todo el resto. Extraño a veces las charlas y eso”.
Por ego herido o vaya uno a saber por qué empezó a aparecer más. Me advirtió de manera agria “que no estaba obligada a mantenerlo al tanto de todo lo que pasaba en mi cabeza con respecto a él”.
Empezó una etapa de histeriqueo agresivo. Una noche terminamos teniendo sexo virtual y telefónico. Le escuché la respiración al acabar. Fue tan íntimo y tan lindo y tan potente. Me lo quedé por días en el cuerpo. Como al día siguiente era fin de semana, él probablemente partió a ver a su novia a esa otra ciudad. Le escribí un mail diciendo que me había gustado mucho lo de la noche anterior, que me hubiera encantado despertarme al lado suyo y acariciarle la cara. No respondió. Nunca. El martes, día que tradicionalmente volvía a su ciudad, me lo encontré por chat. Huyó despavorido.
En caliente e impulsiva le escribí al milisegundo: “…te considero ¿indigno? de ser la mitad de esto, tan virtual e inexistente y mágico y potente. No se si ¿indigno? o ¿insensible? o ¿extraterrestre? el jueves vos estabas ahí y vos estabas acá y yo lo sentí. Yo TE sentí. Seguro te dio la culpa y ahora ni me podes dirigir la palabra. Seguro te sentís incomodo y no me podes dirigir la palabra. Seguro que te aseguraste aun más lo mucho que la querés a tu novia. Esta opción, muy acertada, no justifica las anteriores ya que como no soy una maquina virtual merecería o me gustaría, al menos, saber, o escucharte decir, que preferís no hablarme en vez de verte huir así a la distancia. Yo estuve todo el viernes sonriendo sin razón y llevándote en el cuerpo. Y me prometí, y lo cumplo, recordarlo como algo muy lindo sin importar lo que pasara después. A veces pienso que solo hiciste lo del jueves por un tema de ego, porque te dije que te estaba olvidando y no querías dejar de tener “ahí” la puertita abierta. Pero después pienso que no: que más allá de tu ego, vos estabas ahí. Tal vez sea un problema de tiempo y espacio y corazón: vivís ahora lejos y amas a alguien más. Te pido que no hables más conmigo por chat. Yo voy a borrarte. No me hace bien estar a la merced de tus humores, tus indecisiones y tus culpas”.
Se conectó al segundo. Me rogó que no lo bloqueara. Que tenía sentimientos, que los expresaría. Le dije que iba a dejar a mi novio. Que podía tomarme un micro a su país si quería. Me dijo que no era el momento: que lo congelara, lo olvidara o lo odiara, que en ese momento no era posible otra cosa. Me advirtió que no fuera muy trágica en mi despedida porque -palabras más, palabras menos- seguramente le estaría volviendo a hablar por chat al día siguiente. Le aseguré que lo bloquearía en todo.
Así lo hice. A la semana me escribió por una boludez de algo de laburo en común. No le contesté. A los pocos días me volvió a escribir: “cuando nos conocimos dejamos pasar una oportunidad importante. Vos dejaste pasar una oportunidad interesante, mejor dicho, porque yo me quedé la última semana antes de irme pensando en vos y resignándome al ver que no te hacías tiempo para verme, me hablaste de tu novio, etc. Después fue al revés, es verdad, yo vine con eso de novia y dejé pasar otra oportunidad. Ya en mi país de residencia, pensé que la computadora sería el lugar donde te tendría por un tiempo. Pero a vos eso no te convencía… no estabas dispuesta a lidiar con un régimen de intensidad variable. No sabemos si la próxima vez vamos a ser los dos, vos, yo o ninguno el o los que deje o dejemos pasar otra oportunidad. No sé oportunidad de qué, pero está claro de que es de algo”.
Le contesté breve, como nunca antes había sido con mi personalidad novelera peroratera: “Sí. Probablemente tenés mucha razón. Te mando un beso”. A los pocos días volvió a escribir: “ayer soñé con vos, pero era tan real que creo que había soñado otras veces sin acordarme (en general no me acuerdo de lo que sueño)”. Tardé varios días en responder: “Yo, en general, tampoco me acuerdo de lo que sueño. Recuerdo, sin embargo, que hace dos semanas soñé que me iba a estudiar a tu ciudad de residencia…Dejame intentar olvidarte. Por favor”.
Después me separé. Después me enteré por un tercero que se fue a vivir a la ciudad de su novia.