Al día siguiente, una vez más, me encontraba en la plaza. A esa altura ya conocía de memoria el gesto de Belgrano arriba de su caballo.
Al cruzar la plaza por primera vez, veo que el banco estaba desocupado. Todos los diálogos imaginados y practicados durante horas en el espejo habían sido en vano. Imaginé que las amigas habían hablado con ella y que ella no quería saber nada de mí.
Con las pocas esperanzas que me quedaban decidí esperar un poco. Caminé unas cuadras para hacer un poco de tiempo. Al volver hacia la plaza, desde la esquina, ya se podían observar los uniformes azules.
Me acerqué al famoso banco, esperando que ellas me reconocieran, ya que yo moría de la vergüenza en esos instantes. Por suerte las chicas siempre tuvieron las cosas más claras que nosotros, y al verme dijeron mi nombre: Francisco!. Siempre tuve facilidad para ponerme colorado ante situaciones complicadas, yo era un tomate. Con toda naturalidad nos presentaron: Romina el es Francisco, Francisco ella es Romina. Y se fueron.
Nos miramos a los ojos. Pero esta vez no pudimos sostenernos las miradas. Empezamos a caminar en dirección a mi escuela.
Mi habilidad para comenzar una conversación con gente extraña es nula. Simplemente me nublo. Soy incapaz hasta de hacer hablar a un taxista. Los primeros diez minutos fueron de total silencio. Pero esos silencios de los incómodos. En los que uno quiere ser atropellado por un camión cisterna.
Por suerte ella comenzó a hablar. Hoy no recuerdo nada de lo que hablamos en ese momento. Yo simplemente flotaba. Cuando reaccioné ya era tarde, habíamos llegado a mi escuela.
Le pregunté si la iba a ver la semana siguiente. Me dijo que esperaba que sí.