Esa noche de viernes me preparé cuidadosamente. A las 8 de la noche ya estaba bañado, cambiado y perfumado. Era la primera vez que salía hasta tarde.
Llegué temprano, no había mucha gente. El gimnasio estaba totalmente decorado. En los aros de los tableros de la cancha de basquet ya habían instalado las luces giratorias. Sobre el medio de la pista una bola de espejos. Por los parlantes sonaba la pachanga de Vilma Palma. El disk jockey elegido cobraba un poco más ya que era uno de los pocos que poseian CD’s en aquel momento. Estaba todo listo para el baile de bautizmo de los primeros años.
A medida que la noche pasaba y se iba llenando el lugar solo atinabamos a dar vueltas por el gimnasio con mis compañeros, tratando de encontrar algún grupo de chicas de nuestra edad para salir a bailar. Después de muchas, muchísimas vueltas, nos cruzamos con un grupo de compañeras que también querían bailar. A mí me tocó bailar con una chica de la cual yo sabía que en algún momento había gustado de mí.
Estuvimos bailando juntos toda la noche, hasta que llegaron los lentos. No tuve necesidad de preguntarle si quería seguir bailando, se acercó hasta mí y me rodeó con sus brazos. Torpemente la abracé por la cintura.
Mi cabeza funcionaba a mil por hora, era claro que la chica todavía gustaba de mí, lo cual no era del todo recíproco. También era claro que yo quería darle un beso, a ella, a cualquiera.
Cuando comenzó a sonar el segundo tema tomé coraje y le pregunté si quería ser mi novia. Me miró y con una sonrisa en los labios me dijo que sí. Esas habían sido las únicas palabras que habíamos cruzado durante toda la noche. Tampoco nos dijimos muchas más.
En la mitad del cuarto tema ella acercó su boca y me dió un beso. Fue una desilución. El primer beso no es mágico. Es torpe. Son dos bocas que no saben cómo moverse. Son dos cuerpos que no saben cómo reaccionar.
Al terminar nos despedimos con un piquito.
Ese lunes, al llegar al colegio dije por primera vez la frase “tenemos que hablar”. Nunca me sentí tan culpable