1987 fue un año raro, empezó raro. Ya en semana santa hubo un alzamiento ‘carapintada’ y toda la gente salió a las plazas a defender la democracia. Entre toda esta gente estaban mis padres, era un día gris, tal vez alguien lo definiría como plomizo. Yo me moría de vergüenza. No entendía por qué no podíamos ser una familia normal. Y una familia normal va a la casa de los abuelos el día de pascuas. No a una manifestación. O por lo menos eso creía yo a los 9 años.
Esa misma tarde, luego de escuchar la frase célebre ‘la casa está en orden, felices pascuas‘, volvimos a mi casa, y como todos los domingos, los chicos del barrio nos juntamos en la placita. Evidentemente algo no estaba bien, ya que en vez de que estemos todos, ese día solo apareció Bruno. Bruno, además de vecino, era mi compañero de colegio.
Teniendo en cuenta que el partidito de futbol estaba oficialmente suspendido, nos fuimos a las hamacas y empezamos a hablar sobre las cosas importantes que habla un chico de 7 u 8 años con otro: La maestra, las pruebas que se venían y, por supuesto, de nuestras compañeritas.
En mi grado, la chica más linda se llamaba Analicia . Y tuve la mala suerte de dejar que Bruno me dijera primero que ella le gustaba. A veces las cosas en la vida son así. No pertenecen al que más mérito tenga, sino al que las vió primero.
Ese lunes, la maestra nos preguntó a todos lo que habíamos hecho durante las pascuas, y todos contestaban que habian ido a la casa de sus abuelas o sus tias, incluso hubo quienes se fueron a otra ciudad (tengo la impresión de que los feriados largos no eran éxodos, como lo son ahora), como correspondía a alumnos que tenían familias normales. Sin embargo, en ningún momento pude dejar de observar las miraditas cómplices entre Bruno y Analicia.
A la salida, mientras esperábamos la llegada del transporte escolar, Bruno, totalmente decidido, se acercó hasta donde estaba Analicia y habló con ella. Y en eso llegó el colectivo que nos llevaba hasta casa. Una vez arriba, le pregunté que era lo que habían hablado y me contestó simplemente, “le pregunté si quería ser mi novia, y me dijo que sí”, esa fue la primera vez que sentí retorcijones en la panza, mientras me subía el calor a la cabeza. Una vez más, me había ganado de mano. A pesar de todo, la mistad que nos unía era mucho más fuerte, y sin ningún tipo de tapujos le pregunté si le molestaba que ella sea también mi novia. Con su sonrisa de siempre, me dijo que por él estaba bien, que no había problemas.
El martes estuve nervioso todo el día, pensando en como le iba a preguntar. Esperando encontrarla sola, sin esa eterna nube de amigas que tienen siempre. Durante las horas de clase no pude. Entonces decidí hacer algo que a lo largo se convertiría en una constante: copiar al que ya sabe.
Estando de nuevo en la esquina, me acerqué a ella y le dije que sabía que era la novia de Bruno. En ese momento se puso colorada como un tomate, y casi empezó a negar todo, hasta que le pregunte, con un hilito de voz si también quería ser mi novia. A esa edad, nunca nos planteamos las cuestiones morales que surgen de nuestros actos, y con toda la inocencia del mundo me dijo que sí.
Y así fue como por primera vez tuve novia, media novia en realidad.